26 de enero de 2010

Los años del colegio

Érase una vez la bondad en persona. Medía metro sesenta y siempre brillaba en su rostro una bonita sonrisa, excepto los días en los que en su garganta se formaba un tope, que nunca podía tragar y que siempre le perseguía.

De pequeña, era como tantas otras niñas, aunque a veces tenía el corazón demasiado grande como para enfrentarse a la vida. Por esto mismo, el "tope" le advertía de cuando una situación iba a volverse (o se estaba volviendo) contra ella. Podían pasar días, con suerte tal vez un mes, pero el "tope" siempre iba a volver, porque la vida no era tan bonita como para hacerla feliz siempre...


-Ósea, de verdad, pío, pío , ¡ajá!-. Las dos bichos corrieron, alejándose de la esperanza de nuestra niña. Ella debía seguir persistiendo. Corrió de nuevo hacia ellas, deseando que se acabara la broma y que sus amigas no siguieran escapándose de ella.
Se paró en seco delante de ellas, y estas entre risas, repitieron al unísono:
-Ósea, de verdad, pío, pío, ¡ajá!-.
De nuevo volvieron a alejarse entre risas. El "tope" acababa de estallar. Comenzó a andar hasta llegar a la barandilla de la entrada del colegio, donde rompió a llorar dejando liberar a aquel "tope" que le acompañaría muchos años de su vida.


Desde este día, aprendió que no se debe andar persiguiendo a los amigos, ellos son los que deben venir, si no es así, es que ni son tus amigos ni merecen tener tu amistad.