7 de febrero de 2010

Los recuerdos.

La vida sigue pasando, y aunque aun no tenga nuestra querida niña los dieciocho años de edad, se siente toda una individua de la vida, simplemente porque esta, está dentro de ella.

Le había llegado la noticia de que su vieja panadera volvía a abrir la panadería de abajo. Fue entonces cuando decidió ir a saludar a aquella mujer que le había dado el pan de cada día durante toda su infancia.
-El otro día me vinieron los gemelos de la María Ferrer, ¿y te puedes creer que aun con la madre al lado no conocía a ninguno de los tres?. ¡Madre mía como pasa el tiempo!-. La vieja panadera miró con entusiasmo a nuestra chica, esta, con una sonrisa, se dispuso a hablarle:
-Seguro que de mi tampoco te acuerdas,- la panadera arqueó las cejas intentando recordar, aunque sin éxito.- La hija de Yasmina y Fernando, hermana de Mayra-.
La panadera salió del mostrador de las pastas y fue con los brazos bien abiertos hacia la joven.
-¡Pero cómo puede se verdad! Si erais tan pequeñas tu hermana y tu... di que ya han pasado años, pero... ¡es increíble lo guapa que estas!. ¡Seguro que ya tienes novio y todo!- Ante esto se le formó una ligera sonrisa y mientras admitía el noviazgo, nuestra joven se sumergió en un profundo pensamiento, en el cual el paso del tiempo cobraba una factura tremenda de todos los sueños infantiles sin cumplir y tanto sufrimiento por no haber sabido controlar su vida, mientras que otros se la controlaban por ella...

La panadera le ofreció unas pastas como bienvenida y tras comprarle una bolsa de chucherías para disimular que solo iba a saludarla, salió de la tienda. Cuando llegó a la puerta de su casa, se dio cuenta de que tenía algo muy bien agarrado en su mano derecha. Eran las vueltas de las chucherías.


Siempre vamos a seguir teniendo dentro de nosotros nuestra infancia, porque algo vivido, nunca se olvida, por más que pesen los años.

Descubriendo nuevos mundos.

Las cosas han cambiado radicalmente. Nuestra chica había comenzado ha interesarse por los hechos que ocurrían en todo el mundo, ya tenía la consciencia suficiente como para saber que somos una mota de polvo en un universo sin limites. Comenzó a preocuparse por la naturaleza. Al lado de su padre (el cual era forestal) recorrían grandes distancias por el alto monte que este debía proteger.
Poco tiempo continuaron dando esos paseos, y mucho tiempo estuvo ella metida en la droga.

La conoció una mañana de verano, ella tenia el recado de ir a comprar champús al supermercado, y el día anterior se había encontrado restos de hachís en su capucha (esto pasó cuando se desprendieron de la placa de droga que su novio le había metido en la capucha, en un intento de esconderla de la policía).
La chica llamó a su vecina para planear la mañana, iba a liarse y a fumarse su primer porro, y en un principio todo eran nervios.
-Yo desharía más, al Liu le he visto con cachitos más pequeños,- comentaba la vecina mientras ella se obcecaba en encender el mechero- y además hazlo a cartón, que estos siempre dicen que sube más-.
La chica obedeció, y mientras intentaba liarse su primer porro, la vecina y amiga salió del rellano para ir a ver a su prima pequeña, la cual había dejado viendo una película de Disney. Al rato volvió y juntas comenzaron a experimentar los efectos de la droga. Desgraciadamente, nuestra chica no pudo cumplir su recado, a cambio tubo que hacerlo su vecina. El "blancazo", su primer "blancazo" le sucedió al poco rato de entrar a casa de su amiga, empezó a marearse y a necesitar tumbarse.



Digan lo que digan, las drogas, hacen mucho daño.

Mil pasiones.

Comenzaba 1º de la Escuela Secundaria Obligatoria. Ella estaba eufórica, la noche la había pasado como cuál murciélago y esperaba ansiosa que fueran menos diez para salir en busca de su vecina y una de sus mejores amigas. Ellas ya no repetían nunca aquel: "Ósea, de verdad, pío, pío, ¡ajá!" aunque ahora tenían incluso más capacidad para discriminar a alguien, sin tener siquiera que decir la dichosa frase.

Llegó el verano del año siguiente, y nuestra jovencita tenía dos cosas bien claras, debía comprarse unos nuevos pantalones "tecno wave" para así poder ir con confianza a Pau, la cuidad francesa donde hacía el viaje de fin de curso los alumnos de primero y segundo de su instituto. Estaba claro que se trataba de ir mona para un chico, "le prèmier amour!".
Él era uno de los alumnos de segundo, y se habían declarado mutuamente por Internet, donde ella suspiraba cada vez que leía sus correos electrónicos.
Cuando llegó el momento en el que sus amigas y los amigos de él se juntaron en una "rue de Pau", unos nervios se apoderaban de ella, y casi no podía ni pronunciar palabra. De repente, todos sus respectivos amigos desaparecieron, dejando a la vergüenza al descubierto y a un chico que solo pensaba en añadir a una chica más para su lista.
Sucedió un beso, que tras el solo pudo arrancar el "tope", por la indiferencia en que él se lo dio a ella, y las ilusiones que se habían forjado en la joven.




Aunque sea difícil, la vida esta llena de percances y nuestros sentimientos a menudo están bajo cero, de frío y de amor.

Creciendo sin querer.

Por primera vez, ella se dio cuenta de lo que significaba ser una mujer. Su primera menstruación aparecía una fría mañana del día de Reyes. Todo iba a ser diferente desde aquello.
Cuando su madre se enteró, tuvieron una larga charla de como se podría tener un bebe, simplemente por la llegada de unos insoportables dolores y la sensación de llevar un pañal permanente. Le resultaba muy desagradable pensar en el tiempo que tendría que pasar para que la regla se le fuera y no volviera jamás. Sin embargo, se dio cuenta de que tampoco había pasado tanto tiempo desde que su madre la vigilaba desde la ventana del salón, cuando ella bajaba a comprar el pan, agarrando fuertemente las pesetas para que no se cayeran, y pensando una y otra vez el precio de las barras de pan y el Heraldo, para así asegurarse de las vueltas. Su madre se ponía muy contenta cuando venía con el recado bien hecho, se daba cuenta de lo eficiente que era su hija y le premiaba con un besucón en el moflete haciendo ruborizarse a la niña. De eso hacía más de tres años, y para ella eran como siglos.


Debió ser entonces cuando comenzó a tener consciencia de la vida, lo que es, lo que es ella dentro del mundo y lo que va a pasar, cuando esta acabe. Conoció así la muerte, cuando su abuelo paterno murió conectado a su oxígeno, el cual llevaba día y noche, agarrado de la mano de su mujer, en la cama en la que tantos años había soñado.



Por mucho que no queramos, ella va a estar presente siempre.

26 de enero de 2010

Los años del colegio

Érase una vez la bondad en persona. Medía metro sesenta y siempre brillaba en su rostro una bonita sonrisa, excepto los días en los que en su garganta se formaba un tope, que nunca podía tragar y que siempre le perseguía.

De pequeña, era como tantas otras niñas, aunque a veces tenía el corazón demasiado grande como para enfrentarse a la vida. Por esto mismo, el "tope" le advertía de cuando una situación iba a volverse (o se estaba volviendo) contra ella. Podían pasar días, con suerte tal vez un mes, pero el "tope" siempre iba a volver, porque la vida no era tan bonita como para hacerla feliz siempre...


-Ósea, de verdad, pío, pío , ¡ajá!-. Las dos bichos corrieron, alejándose de la esperanza de nuestra niña. Ella debía seguir persistiendo. Corrió de nuevo hacia ellas, deseando que se acabara la broma y que sus amigas no siguieran escapándose de ella.
Se paró en seco delante de ellas, y estas entre risas, repitieron al unísono:
-Ósea, de verdad, pío, pío, ¡ajá!-.
De nuevo volvieron a alejarse entre risas. El "tope" acababa de estallar. Comenzó a andar hasta llegar a la barandilla de la entrada del colegio, donde rompió a llorar dejando liberar a aquel "tope" que le acompañaría muchos años de su vida.


Desde este día, aprendió que no se debe andar persiguiendo a los amigos, ellos son los que deben venir, si no es así, es que ni son tus amigos ni merecen tener tu amistad.