La vida sigue pasando, y aunque aun no tenga nuestra querida niña los dieciocho años de edad, se siente toda una individua de la vida, simplemente porque esta, está dentro de ella.
Le había llegado la noticia de que su vieja panadera volvía a abrir la panadería de abajo. Fue entonces cuando decidió ir a saludar a aquella mujer que le había dado el pan de cada día durante toda su infancia.
-El otro día me vinieron los gemelos de la María Ferrer, ¿y te puedes creer que aun con la madre al lado no conocía a ninguno de los tres?. ¡Madre mía como pasa el tiempo!-. La vieja panadera miró con entusiasmo a nuestra chica, esta, con una sonrisa, se dispuso a hablarle:
-Seguro que de mi tampoco te acuerdas,- la panadera arqueó las cejas intentando recordar, aunque sin éxito.- La hija de Yasmina y Fernando, hermana de Mayra-.
La panadera salió del mostrador de las pastas y fue con los brazos bien abiertos hacia la joven.
-¡Pero cómo puede se verdad! Si erais tan pequeñas tu hermana y tu... di que ya han pasado años, pero... ¡es increíble lo guapa que estas!. ¡Seguro que ya tienes novio y todo!- Ante esto se le formó una ligera sonrisa y mientras admitía el noviazgo, nuestra joven se sumergió en un profundo pensamiento, en el cual el paso del tiempo cobraba una factura tremenda de todos los sueños infantiles sin cumplir y tanto sufrimiento por no haber sabido controlar su vida, mientras que otros se la controlaban por ella...
La panadera le ofreció unas pastas como bienvenida y tras comprarle una bolsa de chucherías para disimular que solo iba a saludarla, salió de la tienda. Cuando llegó a la puerta de su casa, se dio cuenta de que tenía algo muy bien agarrado en su mano derecha. Eran las vueltas de las chucherías.
Siempre vamos a seguir teniendo dentro de nosotros nuestra infancia, porque algo vivido, nunca se olvida, por más que pesen los años.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario